¿Padres demasiado protectores?; Expertos explican el llamado “Síndrome de Doña Florinda”
El llamado “Síndrome de Doña Florinda” se ha instalado como una expresión popular para describir a padres y apoderados que tienden a defender a sus hijos frente a cualquier conflicto, atribuyendo las responsabilidades principalmente a terceros. El concepto está inspirado en el personaje de El Chavo del 8 y no corresponde a un diagnóstico clínico.
Si bien los especialistas reconocen que es fundamental que las familias acompañen a sus hijos cuando enfrentan dificultades, advierten que la situación puede volverse problemática cuando esa protección se transforma en una defensa incondicional y sin autocrítica.
La Dra. Miriam Pardo, académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, señala que los padres tienen derecho a cuestionar decisiones, solicitar información y plantear situaciones que consideren injustas, pero también deben estar dispuestos a escuchar todas las versiones.
“El problema aparece cuando no existe disposición a escuchar otras versiones, se descartan los antecedentes disponibles y se atribuye toda la responsabilidad a terceros sin un análisis reflexivo de la situación”, explica.
Cuando proteger impide aprender
Uno de los principales riesgos de la sobreprotección es que los niños y adolescentes tengan menos oportunidades para desarrollar autonomía y aprender de sus propios errores.
Reconocer responsabilidades, enfrentar consecuencias y reparar cuando se ha cometido una falta son parte del desarrollo emocional.
“Si un hijo percibe que siempre habrá un adulto dispuesto a justificarlo o a responsabilizar a otros por sus conductas, disminuyen las oportunidades de desarrollar autocrítica, asumir consecuencias y aprender de las experiencias”, advierte la especialista.
Pardo también plantea que la frustración es parte inevitable de la vida y que los padres no deberían intentar eliminar todos los obstáculos del camino.
“La función de los padres no es despejar todos los obstáculos, sino acompañar a sus hijos para que aprendan a enfrentarlos de manera adecuada”, sostiene.
El impacto en los colegios
Esta dinámica también puede repercutir en la convivencia escolar. Cuando los conflictos entre estudiantes terminan trasladándose a los adultos y se enfrentan desde la confrontación, pueden aumentar las tensiones con profesores y funcionarios.
Según la académica, los estudiantes pueden recibir señales contradictorias respecto de las normas y tener la percepción de que estas no se aplican de la misma manera para todos.
Además, cuando los conflictos se presentan de manera polarizada, los niños y adolescentes pueden terminar interpretando las situaciones únicamente desde la lógica de “buenos y malos”, sin espacio para comprender los distintos puntos de vista.
¿Cómo identificar la sobreprotección?
Entre las principales señales de alerta se encuentran:
- Justificar permanentemente al hijo sin conocer todos los antecedentes.
- Considerar cualquier corrección como una persecución.
- Resolver responsabilidades que el hijo ya podría asumir.
- Negarse a reconocer errores o conductas inapropiadas.
- Culpar sistemáticamente al colegio, profesores u otros estudiantes.
La especialista enfatiza que crianza respetuosa no significa ausencia de límites.
“Los límites siguen siendo necesarios porque permiten que los niños desarrollen responsabilidad, autocontrol y respeto por los demás”, afirma.
¿Qué pueden hacer los padres?
Ante un conflicto escolar, la recomendación es escuchar todas las versiones antes de tomar una postura, conversar directamente con el establecimiento y evitar exponer las diferencias en redes sociales.
También se aconseja mantener un trato respetuoso con docentes y funcionarios y buscar acuerdos concretos que permitan resolver la situación.
“Las familias y los colegios no deben verse como adversarios. Ambos buscan el bienestar y desarrollo de los estudiantes”, concluye la Dra. Pardo.
