Soledad y salud: una alerta que no podemos ignorar

Por:  Sandra Lanza Sagardia, presidenta Fundación Salud Circular, Médica de Familia, Magíster en Salud Pública.

“La soledad no es solo una experiencia emocional dolorosa: es una amenaza creciente para la salud pública. Así lo advierte el reciente informe de la Organización Mundial de la Salud, que pone en evidencia una realidad inquietante: el aislamiento social puede aumentar significativamente el riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, ansiedad, depresión e incluso muerte prematura. No se trata de un mal menor ni de un tema exclusivamente individual; es un problema colectivo con profundas implicancias para nuestros sistemas de salud, nuestras comunidades y nuestra calidad de vida.

En este mundo hiperconectado, muchos viven desconectados de lo más vital: el contacto humano. Personas mayores que no tienen con quién conversar, adolescentes sumidos en relaciones digitales sin contención afectiva, mujeres cuidadoras sobrecargadas, personas que atraviesan crisis sin redes de apoyo. La epidemia silenciosa de la soledad atraviesa todas las edades, clases sociales y territorios. Y lo hace con un costo emocional, social y económico que rara vez se visibiliza o se mide, pero que afecta la productividad, la cohesión social y hasta la esperanza de vida.

Desde la Fundación Salud Circular creemos que este es un problema urgente que no se resuelve solo con intervenciones clínicas ni con soluciones rápidas. Necesitamos ir más allá de la consulta médica y promover entornos saludables que favorezcan el bienestar, la participación, el vínculo y la corresponsabilidad social. Por eso, nos dedicamos a impulsar iniciativas que fortalecen hábitos protectores como la alimentación equilibrada, el movimiento regular y el descanso reparador, pero también aquellos que muchas veces se invisibilizan: las conexiones humanas y con la naturaleza, el cuidado mutuo, el sentido de pertenencia y la colaboración comunitaria.

La salud no se construye únicamente en hospitales o centros de atención. Se cultiva en las plazas donde la gente se encuentra, en las cocinas donde se comparten recetas e historias, en las escuelas que transmiten valores de respeto y cooperación, en los espacios donde las personas se reconocen y se cuidan. Cada interacción positiva, por pequeña que parezca, es una inversión en salud pública.

Trabajamos con comunidades, organizaciones y municipios para reconectar personas entre sí, con su capacidad de vivir una vida plena. Lo hacemos creando programas participativos, fomentando redes de apoyo, recuperando espacios públicos y generando oportunidades para que las personas se sientan vistas, escuchadas y valoradas.

Sanar, en este siglo, implica reconectar. Y reconectar exige repensar la forma en que entendemos y promovemos la salud: no solo como ausencia de enfermedad, sino como un proyecto colectivo, continuo y profundamente humano. Frente a la soledad, la respuesta más poderosa es, y seguirá siendo, el encuentro”.